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Marruecos ‘gana’ la prórroga más larga de la historia

El fútbol africano tiene nuevo campeón de la Copa África. Marruecos. Pero no por ganar la final. Porque sí, conviene decirlo sin rodeos: no es un título conquistado, es un título concedido. Y no precisamente en el terreno de juego. La final de enero en Rabat ya nació contaminada. No por el ambiente —el habitual en una gran cita—, sino por lo que ocurrió con el silbato.

Durante el partido, Senegal marcó el que parecía el gol de la victoria. Anulado tras una revisión eterna del VAR por un fuera de juego milimétrico, de esos que dejan más dudas que certezas. Después llegó el penalti. O mejor dicho, el supuesto penalti. Minuto 90+24. Una decisión que, en caliente y en frío, cuesta justificar desde cualquier criterio técnico mínimamente riguroso. Ahí se rompe todo.

DEL CÉSPED A LOS DESPACHOS

El seleccionador senegalés, Pape Thiaw, ordena a sus jugadores retirarse. No como un capricho, sino como una protesta. Una reacción extrema, sí, pero también consecuencia de una acumulación de decisiones que habían desbordado el partido. Quince minutos después, el capitán senegalés, Sadio Mané, consigue que vuelvan sus compañeros al terreno de juego.

Se reanuda la final. Brahim Díaz falla el penalti. Senegal resiste. Y en la prórroga, tras un gol de Pape Gueye, gana. En el campo. Donde se supone que se deciden estas cosas.

Dos meses más tarde, la CAF decide que todo aquello no vale. Victoria anulada. 3-0 para Marruecos. Título para el anfitrión.

El argumento es reglamentario: abandono del campo, infracción grave, artículos 82 y 84. Es jurídicamente defendible, pero deportivamente es otra historia. Porque aquí no estamos hablando de sancionar una conducta —que también—, sino de reescribir el resultado de una final ya jugada y que, pese al parón, el árbitro decidió que se reanudara… Y ahí es donde el fútbol entra en terreno peligroso.

UN PRECEDENTE PELIGROSO

Si aceptamos esto, abrimos una puerta difícil de cerrar. ¿Hasta dónde puede llegar una decisión de despacho? ¿Se puede cambiar el campeón de un torneo meses después? ¿Y si en tres meses ocurre algo similar en el Mundial? La pregunta no es exagerada. Es estructural.

El fútbol siempre ha convivido con errores arbitrales. Es parte de su naturaleza, por incómodo que resulte. Pero lo que no puede permitirse es una reinterpretación a posteriori que invalide lo que ha ocurrido en el campo. Porque entonces el mensaje es claro: el partido no termina cuando pita el árbitro, sino cuando lo decide una comisión. Y eso desnaturaliza el deporte.

Aquí hay otro debate incómodo. Se castiga el abandono del campo. Lógico. Pero, ¿qué margen tiene un equipo para defenderse ante lo que considera una injusticia flagrante? En otros contextos —como episodios de racismo—, el consenso es claro: el equipo puede retirarse. Es una forma de protección y de protesta. Entonces, ¿por qué no se entiende una reacción similar cuando lo que está en juego es la integridad competitiva del partido?

No es lo mismo, evidentemente. Pero sí plantea una pregunta relevante: ¿dónde está la línea entre la protesta legítima y la infracción sancionable?

Más aún cuando ni siquiera todos los jugadores actuaron igual. Sadio Mané, por ejemplo, permaneció en el campo e intentó que el partido continuara. Un gesto que fue aplaudido y que añade aún más complejidad al caso.

La CAF ha tomado una decisión que, en términos normativos, puede sostenerse. Pero en términos de credibilidad, deja muchas más dudas que certezas. Porque el problema no es solo quién gana el título. Es cómo se gana. Marruecos figura como campeón. Senegal lo fue sobre el césped. Y entre ambos, una resolución que convierte una final en un expediente.

Dicho todo esto, lo más probable es que para la mayoría de amantes de este deporte, Senegal es la justa campeona africana.